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El régimen social de los indios taínos descubiertos por Cristóbal Colón estaba constituido por dos rangos básicos fundamentales: los jefes o Caciques, que gobernaban directamente a poblados o comunidades que podían llegar a superar las cinco mil personas, y el resto, formado por los trabajadores. Los primeros, que accedían a su cargo generalmente por herencia, gozaban de extraordinarias prorrogativas tanto en vida como después de su muerte. La legitimidad de su poder provenía del control del aparato religioso debido a su personal comunicación con los dioses. Lo que dictaminaban, tras la consulta con las divinidades, se transformaba en criterio absoluto de verdad y debía ser acatado por todos. Por otra parte, sus poderes administrativos y militares completaban una modalidad absolutamente despótica en el sistema político de las tribus existentes.
Como parte de sus potestades, a los Caciques se les concedían múltiples privilegios. Rodeados de fausto ceremonial, disponían de casas más amplias (bohíos), donde se alojaban con sus numerosas esposas a manera de harén, donde se guardaba su exuberante ajuar suntuario destinado a rituales enaltecedores de sus funciones que realzaran su prestigio, donde se guardaban los excedentes de las cosechas o se preparaban alimentos especiales. Todo lo que se destinaba al uso de los Caciques era revestido de una gran distinción, expresiva de un poder omnímodo. El pan cazabe que consumían era más delgado; sus canoas, profusamente adornadas con bajorrelieves de cemíes (ídolos de dioses); sus armas, labradas con lujo; sus coronas, cinturones, guayzas, duhos, majadores, inhaladores de tabaco, purgaderas, etc., pulidas y diseñadas con figuras antropomorfas, aunque evidentemente todo ello no superaba las normas de sencillez del período neolítico.
Todo este fausto no terminaba, sin embargo, con la muerte del Cacique. Para cualquier indio trabajador, la muerte era un acto más de la vida ordinaria y cuando se le acercaba, era abandonado por sus familiares en el bosque, desde donde, una vez fallecido, trascendía directamente a un lugar paradisíaco de la isla, inaccesible para los vivos, donde viviría eternamente tranquilo y dichoso con sus antepasados, comiendo, danzando y solazando con mujeres. La muerte de los Caciques era no obstante seguida por una serie de ritos funerarios que podían llegar a durar más de un año. Tras su fallecimiento, transcurría un período de tiempo de varios días e incluso meses en que permanecía encubierta la noticia, durante el cual se realizaba el embalsamamiento, preparaban los ajuares y ofrendas, organizaba la sucesión y realizaban los primeros sacrificios humanos en su honor. Hernando Colón nos refiere en su obra “Vida del Almirante”, que antes de enterrar al Cacique abrían su cuerpo y lo secaban al fuego para que se conservara entero. Estudios posteriores nos muestran que las técnicas de tratamiento de su cadáver diferían ligeramente de unas tribus a otras. Lo más común consistía en vaciar el cuerpo de vísceras y partes blandas a través de los orificios o una vez abierto el cuerpo longitudinalmente. En este caso, el interior era sometido a varios lavados, aplicándole posteriormente una serie de elementos, como eran hojas de muña, la quinua, sal y una tierra rojiza llamada yzura, que ayudaban a su conservación. A continuación, según nos refiere el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, “... se fijaba todo con unas vendas tejidas como cinchas de caballos, e muy luengas, y desde el pie hasta la cabeza lo envolvían en ellas muy apretado, e hacían un hoyo e allí lo metían, e ponianle sus joyas e las cosas que el mas preciaba... e hacían una bóveda de palos, e asentabanlo en un duho...”. Pero una vez momificado y antes de ser inhumado, se comunicaba al pueblo su muerte y a partir de ese momento no había indio en el poblado que no se enlutase tiznando sus caras, autoflagelándose, ayunando, danzando, participando en llantos, escenas de dolor, rituales, ceremonias funerarias colectivas e incluso sacrificándose o enterrándose vivos con su señor, como era costumbre entre sus mujeres, servidores o esclavos.
Si las creencias de ultratumba de los indios implicaba una vida paralela más o menos semejante a la vivida, se comprende fácilmente que los Caciques dispusieran acumular en su tumba todo aquello que les pudiera ser de utilidad en el más allá. De ahí los ajuares funerarios introducidos en su mausoleo durante las exequias, compuestos por joyas y adornos personales labrados en oro (narigueras, collares, coronas, brazaletes...), alimentos (batatas, fríjoles, maíz, maní, ají, sal, agua...), armas (arcos, flechas, azagayas...), objetos personales (peines, algodón, husos...), etc.
Una vez inhumado, el cuerpo del Cacique seguiría exigiendo ciertos cuidados. Su divinización estaba garantizada y no sólo los parientes o siervos, sino todo el pueblo seguiría rindiéndole veneración de forma continuada, siendo frecuente incluso sacarlo en procesión a la plaza durante los festejos o para propiciar la lluvia, colmándolos en cada ocasión de honras y honores especiales.
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